¿Qué es el antisemtismo y cuáles son sus caracteristicas especiales?

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    Hasta 1879, el odio hacia los judíos no tenía un nombre especial. Ese año Wilhelm Marr acuñó el término “antisemitismo” a fin de distanciar el fenómeno de toda connotación religiosa. El término de Marr (publicado en “La victoria del judaísmo sobre el germanismo considerada desde un punto de vista no-religioso”) tenía varios defectos. “Semitas” no hay. Puede hablarse de lenguas semíticas o de grupos semitas de la remota antigüedad, pero suponer que, por ejemplo, un judío de Holanda o uno de Etiopía pertenecen a la misma “raza semita” es absurdo. El término correcto para el odio al judío es “Judeofobia”.

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    El término antisemita, establecido por Wilhelm Marr  en 1879, es incorrecto porque no hay ni hubo un odio al “semita”. Jamás se crearon partidos, publicaciones, o ideas que combatieran a los “semitas” como si se tratase de un todo. Es más, la voz se presta a juegos de palabras manipuladores. El anterior canciller egipcio, y ex Secretario general de la Liga Árabe, Amer Musa, respondió a una acusación preguntando: “¿Cómo vamos a ser antisemitas, si nosotros somos semitas?”. Es común que un antisemita árabe diga eso. Claro, él no odia al semita, odia al judio… Lo que expresa es Judeofobia.

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    El término antisemita, establecido por Wilhelm Marr  en 1879, es incorrecto porque no hay ni hubo un odio hacia los semitas sino contra los judíos. Lamentablemente, el término acuñado por un judeófobo como Marr se difundió masivamente. En 1882, un prestigioso pensador judío llamado León Pinsker, sugirió la apropiada palabra “Judeofobia” para caracterizar el odio hacia los judíos. “Judeofobia” es más precisa porque en el prefijo señala el verdadero destinatario de esta aversión, el judío, y en el sufijo alude a su carácter irracional. En psicología “fobia” viene del griego “miedo” aunque en ciencias sociales denota “odio” (como en “xenofobia”).

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    La judeofobia no es una forma de “xenofobia” ya que los judíos no son extranjeros en los países en donde viven. Son ciudadanos que han aportado mucho, en todo sentido, al desarrollo de cada uno de los países del mundo. En algunos lugares se intenta “extranjerizar” al judío acusándolo de “no ser fieles al país”, que no deja de ser una evidente excusa para sentirse más cómodo siendo “antisemita”. Los judíos tampoco son una raza por lo que la judeofobia no es otra especie de “racismo”. Es un fenómeno singular que enferma a personas que en otros temas son moderados.

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    Hay otro problema con la palabra “antisemitismo”. El prefijo “anti” combinado con el sufijo “ismo” sugiere una opinión que viene a oponerse a otra opinión, como en antimercantilismo, antidarwinismo o antiliberalismo. Pero la judeofobia (el odio al judío) no es una idea. Jean-Paul Sartre, en su famoso libro sobre el tema, sugiere que no le permitamos al judeófobo disfrazar su odio de “opinión”. En la medida en que usemos “antisemitismo”, los judeófobos podrán adornar sus rencores tiñendolos con una aureola de criterio razonado, lo que además nos impide entender el fenómeno de la judeofobia con claridad. El judeofobo odia. Punto.

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    Odios contra grupos siempre existieron, pero el odio al judío (judeofobia) es único. Los judíos fueron odiados en sociedades paganas, religiosas y seculares. En bloque, fueron acusados por los nacionalistas de ser comunistas y por los comunistas de ser capitalistas. Si viven en países no judíos, son acusados de dobles lealtades, si viven en el país judío (Israel), de ser racistas. Los judíos ricos fueron agredidos y los pobres maltratados. Cuando gastan su dinero son resentidos por ostentosos, cuando no lo gastan, son despreciados por avaros. La pregunta es, ¿Por qué el “odiado” debe explicar la inmoralidad del que odia?

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    Odios contra grupos siempre existieron, pero el odio al judío (judeofobia) es único. Los judíos fueron odiados en sociedades paganas, religiosas y seculares. Si se asimilan a sus sociedades (como suele pasar) son temidos por quinta columnas, si no, son odiados por cerrarse en sí mismos. Cientos de millones de personas han creído por siglos, que los judíos beben la sangre de los no-judíos, que causan plagas y envenenan pozos de agua, que planean la conquista del mundo, o que asesinaron al mismísimo Dios. Hoy, el judeófobo expresa su odio con el “judío” entre las naciones, el Estado de Israel.

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    Lamentablemente, no hay odio más antiguo, más generalizado, permanente, profundo, obsesivo, peligroso y quimérico que la judeofobia (el odio al judío). Se trata del odio más antiguo. El especialista Robert Wistrich tituló a su último libro “El odio más antiguo”. Como bien explica Shmuel Etinger, la judeofobia “es un fenómeno que se prolongó, ininterrumpidamente, en lo fundamental, desde la época helénica (conquistas de Alejandro Magno) hasta nuestros días, aunque asume características distintas en el curso de la historia. Precisamente, su continuidad histórica es un factor decisivo en su intensidad y en su capacidad de adaptarse a las cambiantes condiciones contemporáneas”.

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    Lamentablemente, no hay odio más generalizado que la judeofobia (el odio al judío). En todos los países europeos en los que residieron, los judíos fueron expulsados alguna vez. Los ejemplos más recordados son Inglaterra (1290), Francia (1306 y 1394), Hungría (1349), Austria (1421), numerosas localidades de Alemania entre los siglos XIV y XVI, Lituania en 1445 y en 1495, España (1492), Portugal (1497), y Bohemia y Moravia en 1744. En las más diversas situaciones históricas, los judíos fueron hostilizados en casi todos los países del mundo, aún en aquellos en donde ya no vivían.  Analicemos al inmoral que odia (judeófobo).

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    Lamentablemente, no hay odio más permanente que la judeofobia (el odio al judío). En la mayoría de los países, la judeofobia continúa años, décadas, e incluso varios siglos después que los judíos hubieran partido. El rey Eduardo I expulsó a los judíos de Inglaterra en 1290, y su readmisión no se produjo hasta 1650. Es notable que Shakespeare pudiera crear su estereotípico Shylock, el judío de “El Mercader de Venecia”, después de tres siglos en los que, en su país, no vivían judíos. Los espectadores solían despreciar al judío sin que ninguno de ellos, ni sus abuelos, los hubieran conocido.

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    Lamentablemente, no hay odio más permanente que la judeofobia (el odio al judío). En la mayoría de los países, la judeofobia continúa años, décadas, e incluso varios siglos después que los judíos hubieran partido. En el siglo XVII, el español Francisco de Quevedo atacaba a su competidor literario, Luis de Góngora, aludiendo a su prominente “nariz judía” y amenazando con que untaría sus poemas con tocino para que los judíos no se los plagiaran, aunque éstos habían sido expulsados de su país hacía más de un siglo. No vivían en España pero el odio permanecía, incluso entre personas llamadas “respetables”.

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    Lamentablemente, no hay odio más permanente que la judeofobia (el odio al judío). En la mayoría de los países, la judeofobia continúa años, décadas, e incluso siglos después que los judíos hubieran partido. Incluso en Latinoamérica, el argentino Julián Martel escribe su famosa novela, “La Bolsa”, en la que se acusa a los judíos de haber hecho quebrar la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en 1890, una época en la que, virtualmente, no había judíos viviendo en la capital argentina. Muchas malas personas, cuando no tienen explicación, simplemente adjudican las causas de sus desdichas a un “invisible lobby judío”.

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    Lamentablemente, no hay odio más permanente que la judeofobia (el odio al judío). En la mayoría de los países, la judeofobia continúa años, décadas, e incluso siglos después que los judíos hubieran partido. En 1968, por ejemplo, el gobierno polaco lanzó una campaña por radio y televisión tendiente a “desenmascarar a los sionistas de Polonia”. Casi treinta años después, que tres millones de judíos polacos fueran exterminados por los alemanes, en Polonia podía aún despertarse el mismo odio por una diminuta minoría que no alcanzaba al 1% de la población. Judeófobos expresan su odio adjudicando sus desgracias al “lobby judío”.

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    La judeofobia (el odio al judío) es un odio especialmente profundo. Los estereotipos mentales en contra de los judíos están hondamente arraigados. Si tenemos en cuenta que por siglos, cientos de millones de personas creyeron que los judíos transmiten la lepra, que matan niños cristianos para sus rituales, que dominan el mundo entero, que son una raza promiscua o criaturas diabólicas, entonces se ve por qué la judeofobia es tan fácil, por qué el judeófobo no debe invertir muchos esfuerzos en despertar antipatías contra el judío, solamente tiene que echar mano a la asociación mental apropiada a un momento determinado.

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    La judeofobia (el odio al judío) es un odio especialmente profundo. Se dice de Goebbels, el ministro de propaganda alemán durante el régimen nazi, que había distribuido un cartel que mostraba a un hombre montado en un bicicleta con la leyenda “La desgracia de Alemania son los judíos y los ciclistas”. El lector se preguntaba ingenuamente “¿Y, por qué los ciclistas? Y así la propaganda había cumplido con su objetivo. La profundidad de la judeofobia había hecho una buena parte del trabajo. Muchas malas personas cuando no tienen explicación simplemente adjudican las causas de sus desgracias a un “lobby judío”.

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    La judeofobia (el odio al judío) es un odio especialmente obsesivo. Para el judeófobo los judíos no son un enemigo, son el enemigo. No ven satisfechos su impulso hasta que el judío no es quebrado totalmente. Durante los siglos XIX y XX, en el imperio ruso, las palizas y asesinatos de judíos se difundieron a tal punto, que se acunó el término “pogrom” para definirlos. Y eran vistos, por sus perpetradores, como el medio de salvar a la nación “de las garras de los judíos”. “Byay Zhidov Spassai Rossiyu” o “Golpea al judío y salva a Rusia” era su lema.

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    Ernest Cassirer reflexionó en “Modernos mitos políticos” acerca del discurso de despedida de Adolf Hitler a la nación alemana antes de su suicidio (30/4/1945). Hitler no recordó las glorias alemanas, ni expresó dolor por la destrucción nacional, no se arrepintió del baño de sangre en el que acababa de sumir al mundo, ya no promete la conquista. Su atención sigue fija en un punto que lo obsesiona: los judíos, “el enemigo eterno”. “Si soy vencido, la judeidad podrá celebrar”… Si, es verdad, Hitler encarnó la judeofobia en su extremo máximo, más la obsesividad de un judeófobo es una característica reiterada.

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    La judeofobia (el odio al judío) es un odio especialmente peligroso. Debido a su profundidad, con mucha frecuencia la hostilidad contra los judíos desborda la discriminación y estalla en violencia física. Basta con fijarse lo que sucede, hoy, en Francia o el odio que emana desde las autoridades venezolanas. En casi todos los países en donde los judíos viven o vivieron, fueron en algún momento sometidos a golpizas, tortura y muerte, por el único motivo de ser judíos. Por ello, toda expresión judeofóbica es, potencialmente, más peligrosa que expresiones de aversión contra otros grupos. También AMIA es un buen ejemplo…

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    La judeofobia (el odio al judío) es un odio especialmente quimérico. El caso de la judeofobia difiere de la xenofobia (odio hacia grupos de extranjeros). No hay que confrontarse con una interpretación incorrecta de la realidad sobre esos extranjeros, aquí se habla de “mitos”. Los judíos son odiados por comer no-judíos en el pasado, o por dominar el mundo en el presente, por haber matado a Dios o por haber inventado el Holocausto o por promover el mal. Es verdad que otros pueblos también han sufrido, pero la judeofobia sigue siendo el odio más antiguo, profundo, peligroso y quimérico existente.